La selección

manosLa realidad de la crisis ha puesto frente a nosotros, los que aún somos “afortunados” por tener techo e ingresos, hechos desagradables que, con bastante probabilidad, no habríamos esperado afrontar nunca. Caminamos por las calles de nuestras ciudades y cada vez es más omnipresente la presencia de muchos de nuestros conciudadanos arrastrados a la mendicidad. Lejos queda la imagen esporádica del vagabundo más o menos borrachín que siempre había existido en nuestra sociedad y que, en el fondo y en la forma, no suponía ningún tipo de alteración para nuestras conciencias. Ahora no es lo mismo, ahora ya no. Los que vemos día a día ya no parecen vagabundos y borrachos. Muy al contrario, se parecen más a nosotros mismos de lo que nos atrevemos a admitir. De hecho somos nosotros, pues en ellos nos reconocemos y sentimos un escalofrío que nos recorre el cuerpo, el escalofrío que nos dice que ése que vemos con la mano extendida podríamos ser nosotros. Y es entonces cuando el dilema nos asalta, pues sabemos a las claras que los organismos estatales o las instituciones de la sociedad civil encargados de resolver, o al menos paliar, esas situaciones no lo van a conseguir nunca. Unos porque el credo político que los controla decidió hace tiempo que para todos no habrá o, como se le escapó al subconsciente traidor de María Dolores de Cospedal, “que cada palo aguante su vela”. Las otras porque la magnitud de la tragedia las desborda día a día.

¿Qué puede hacer el ciudadano de a pie? ¿Convertirse en limosnador profesional? ¿Organizarse y coordinarse con otros ciudadanos para parchear las desgracias ajenas? No nos engañemos. Éstas y otras acciones similares, aunque necesarias, son de corto vuelo pues nos enfrentan a la terrible decisión de seleccionar, de decidir quien merece más nuestra menguante calderilla, y nos convierten en jueces de la miseria, dando en ocasiones mientras en otras nuestro gesto se vuelve esquivo y la mirada huidiza ante quien nos tiende la mano o nos susurra unas palabras avergonzadas.

No puedo llegar a imaginar que supone añadir, a la desgracia de acabar sin recursos y en la calle, el terrible sentimiento de no ser un pobre “elegible”.

Imagen obtenida del blog ONGREDES.com

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