¿Tengo razón o tengo razón?

Leía la última entrada del blog Metamorfosis de Irene Orce, “El precio de tener la razón”, acerca del comportamiento patológico que en muchas ocasiones asalta a los individuos para que sean reconocidos sus puntos de vista. Como explica Irene, todos dicen (decimos) tener razón. Tener la razón, salir triunfante incluso de la más nimia conversación, es para muchos una carrera de obstáculos en el día a día. Este comportamiento se entronca en muchísimas ocasiones con el hecho de ser reconocidos, de obtener la aprobación de los demás. A causa de ello, “nuestra razón” se convierte así en un objeto maleable al que damos forma según las circunstancias ¿Quien no conoce a alguien que, respecto de un mismo tema, dice A cuando está con unos, B si se encuentra con otros y C si se tercia y hay beneficio a sacar en una tercera circunstancia? En ese afán por contentar a la audiencia los políticos, al menos los profesionales, parecen más prisioneros de sus palabras que poseedores de una visión propia y acertada de las circunstancias. Esto, siéndolo, es menos peligroso en épocas de bonanza. Pero en época de grave crisis como la actual representa un insulto a la inteligencia además de un grave riesgo para la sociedad que pretenden dirigir. En nuestro caso español, ya desde hace días, y aún más en los que nos quedan hasta el 20 de noviembre, asistimos a una subasta de opiniones que lo único que pretende es regalar el oído y la conciencia del votante, puesto que no hay mayor carga de razón para un político que la obtención del ansiado respaldo electoral. Los dos candidatos principales, Rubalcaba y Rajoy, arrinconan las evidencias que día a día la realidad económica nos muestra con tozudez para lanzarse a la pesca de votos, no en vano los votantes estamos clasificados en “caladeros”, denigrante descripción que sin embargo ha hecho fortuna mediática y política. Lo que anteayer hicieron, ayer lo negaron y hoy lo han olvidado para mañana volverlo a prometer. Todo ello es aún más sangrante puesto que el ganador, en su día uno de gobierno, se va a encontrar con un guión ya escrito del que muy poco podrá apartarse. Entonces, en ese momento, sus razones y sus verdades anteriores ya no contarán, sacará unas nuevas de la chistera para seguir contentando a su audiencia y conseguir que le den nuevamente la razón. Como dijo Groucho Marx “Estos son mis principios, Si no le gustan tengo otros”.

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4 pensamientos en “¿Tengo razón o tengo razón?

  1. Me hacen gracia todos ellos juntitos, pq prometan lo que prometan, van a hacer justo y exactamente lo que les mande Europa, que para eso acordamos integrarnos en ella. Alguno de ellos dijo, no recuerdo exactamente quién de los dos (para el caso es lo mismo), que está atado de pies y manos por lo que diga Merkel. Pues eso…
    Un abrazo.

  2. Da vergüenza ajena verles desplegar todos sus argumentos adaptados a la audicencia que toque en ese momento… A todos, pero es que a todos, se les pilla en renuncios. No veo que tenga ninguno ningún interés en solucionar de verdad la vida de los que peor lo están pasando. Les gustaría, desde luego, por colgarse la medalla, pero no me parece que por que les interese realmente.

    Un beso y buen finde, Enric

  3. No creo en ningun político desde hace muchos años por eso soy abstencionista activo salvo cuando tengo que elegir entre el purgatorio y el infierno, entonces apretándome la nariz y mirando hacia otro lado suelto la papeleta.
    Creo que la falta de personalidad de los políticos debería ser aprovechada por los ciudadanos de a pie tal como lo aprovechan otros grupos de presión: banqueros, grandes empresarios, la Iglesia, el lobby feminista o incluso los gays.
    La idea de la irreversibilidad de la historia, de que todo a partir de un momento iba a seguir un rumbo más o menos prefijado por un autoridad superior llámese Merkel, llámese mercado ya funcionaba en la época de Luis XIV e incluso antes, pocos años después estalló la revolución francesa.

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